1. Prosa

Amo la mitología griega y siempre me he sentido Ícaro. El vuelo lo conozco y lo amo: me dieron alas, técnica y el placer de usarlas. Sin embargo, siempre termino cayendo. Quizá subí demasiado, subí mal, me confié, o quizá, nunca supe volar realmente. Veo a Dédalo llorar, o tal vez reír, o reír y llorar, mientras me hundo en el mar para empezar de cero.

Tomo impulso, salto con fuerza para evitar las rocas junto a la pared y aleteo. Con mis alas y mi voluntad, avanzo, saboreando la gloria de la altura. Pero el descenso llega siempre sin aviso. ¿Soy yo? ¿Es el diseño de mis alas? De vuelta al laberinto, me niego a la derrota. Refuerzo el armazón, perfecciono el movimiento y salto con una ilusión renovada. Llego más lejos que nunca, volando como mi técnica, mis alas y mi voluntad me prometían volar. Pero en la cúspide, justo cuando dejo de temer a la gravedad, el viento se vuelve caprichoso. Me suelta. Y el mar vuelve a reclamarme.

Ícaro cayendo
La caída de Ícaro de Jacob Peeter Gowy.

La historia no para de repetirse, vuelo y caigo y vuelo mejor y caigo con más fuerza, y es que ha llegado un punto donde me duele tanto todo que cada salto es un suplicio, cada vuelo un corto interludio de logro que acaba invariablemente en una decepcionante caída. y empiezo a ahogarme antes de caer al mar con el torrente de lagrimas que cubren mi rostro.

El impacto contra el agua es agonía pura. Despierto en el laberinto una vez más, estoy exhausto de tanto cielo. Subo al muro lentamente, casi por pura inercia y tras observar las rocas, salto sin fuerza. Es un salto triste, vertiginoso, como muchos de los últimos saltos. Noto la espalda ligera. Creo que esta vez olvidé ponerme las alas, vaya error más tonto.

"Creo que esta vez olvidé ponerme las alas, vaya error más tonto."

2. Experimento en verso

Amo la mitología griega y siempre me he sentido Ícaro,
conozco el vuelo y lo amo, aunque el precio sea caro.
Me dieron técnica, alas y el placer de usarlas,
Capacidad de alejarme de las tierras amargas.
¿Subí mal, me confié o nunca supe volar?
Dédalo ríe y llora mientras me hundo en el mar.

Tomo impulso, salto con fuerza y aleteo,
saboreando la gloria de la altura en mi recreo.
Pero el descenso llega siempre sin aviso,
¿es el diseño de mis alas o mi propio compromiso?
De vuelta al laberinto, me niego a la derrota,
refuerzo el armazón con una esperanza remota.

Llego más lejos que nunca, como mis alas prometían,
volando con la voluntad que mis fuerzas mantenían.
Pero en la cúspide el viento se vuelve caprichoso,
me suelta y el mar me reclama de nuevo, furioso.
Vuelo y caigo, vuelo mejor y caigo con más fuerza,
sin que este ciclo constante por fin se tuerza.

Me duele tanto todo que el salto es un suplicio,
un interludio de logro que acaba en el precipicio.
Me ahogo en mis lágrimas antes de caer al agua,
mientras la agonía pura en el impacto se fragua.
Despierto exhausto de tanto cielo en el laberinto,
subo al muro por inercia, con un paso distinto.

Creo que esta vez olvidé las alas en la espalda,
Mi cuerpo ya solo y sin animos salta.
Es un salto triste, vertiginoso, un vacío pronto,
noto la espalda ligera... qué error más tonto.

3. Contexto

Escrito de febrero tras una racha emocional especialmente chunguilla. La uni me ha empezado a costar horrores y lo que siempre había tenido bajo control sin esfuerzo eran los estudios. Mi salud mental ha visto un quiebre como nunca antes y la cabeza no para. Me sentía perdido y sigo bastante atolondrado, aunque voy aprendiendo a nadar y dejo de romantizar la epoca de vuelo que tuve. QUE NADIE SE ALARME, soy una persona profundamente feliz y satisfecha, pero le dedico mi principal esfuerzo vital a algo que me drena intensamente e inevitablemente me surge frustración. Gracias por leer, a mi me aclaró escribir.