Ayer fue el desfile del Olentzero y Mari Domingui. En mi familia, la niña más pequeña, mi prima, ya no cree en el Olentzero, y eso lo cambia todo: el gesto pierde urgencia, el saludo ha dejado de ser rito y se ha vuelto mero espectáculo.
Y, en medio del desfile, mi cabeza, que ojalá se apagara un rato, pero anda sola, empezó a trabajar.
Esos duendes son rarísimos. Galtzagorris los llaman aquí. Entre ellos y el Gargantúa, se me cruzó una imagen absurda: mi madre, comida y descomida por esa criatura gigantesca. Luego oí el llanto de un niño, cerca de los cabezudos: quizá por un golpe, quizá por el susto. Y pensé que ese llanto, experiencia desagradable y quizá traumática, también sería un recuerdo que te acompaña años, un recuerdo común con otros sobre el que construir y crecer juntos.
Y entonces me vi por dentro como un invitado, casi un intruso. Estaba metido en una cultura que me rodea, pero que no me pertenece en el mismo lugar donde pertenecer significa tener memoria. Yo la miro, la entiendo, definitivamente la quiero… pero muchas veces la quiero desde fuera, como esos niños que contemplan las cenas familiares en las escenas tristes típicas de las pelis de navidad.
2. Memorias de Cochabamba
Sin darme cuenta, mi cabeza divagó a otras Navidades. A Cochabamba. Siendo yo tiraqueño. Navidades que recuerdo a trozos, pero hay cosas que las recuerdo nítidas: jugar con mi hermana; los regalos; la emoción exacta de la medianoche; la puerta; mi tío Luigi repartiendo como si tuviera un don para que todo pareciera más grande y en definitiva más gracioso.
Y después Santa Cruz: ya más mayor, ya lejos, por primera vez desarraigado. Navidades extrañas, con familia conocida en vacaciones en esa tierra… y, aun así, lejos.
Y luego vinieron muchas más: Navidades como quien vuelve de la diáspora y descubre que su tierra ya no le reconoce, o que nunca fue del todo suya, Navidades de llanto y de agradecimiento y salsa de chocolate. Cruzar el charco lo vuelve evidente: te quedas sin una única “casa cultural”. Te pasaste de diverso. No puedes creer en el Olentzero, en Papá Noel y en el Niño Jesús a la vez. Tanto recuerdo especial te ha arrebatado el pasado común, la identidad cultural.
Me empezó a pesar esa sensación. No solo por no compartir una tradición, sino por no poder compartir un pasado. Ese tipo de pasado que la gente no explica porque no hace falta: se asume, se hereda, se comparte.
3. La mirada cómplice
Y cuando la lágrima, nacida de un corazón sincrético, cansado de tener que traducirse, y, muchas veces ser desdeñado, estaba a punto de caer, vi a un txistulari.
No sé ni por qué me fijé. Tenía una cara peculiar y un peinado muy especifico. Y, en esa cara, se abrió una puerta: se parecía a un personaje de una película que mi hermana y yo vimos hasta gastarla, de niños.
La miré. Ella me miró. Y sin decir nada, supimos exactamente lo mismo.
Fue un alivio físico. Como si de repente hubiera un corazón al lado del mío, y no solo acompañándome: sosteniéndome. Ahí estaba lo que yo creía perdido: un conjunto de recuerdos compartidos, un idioma secreto hecho de escenas, bromas, referencias, miradas. Bastó eso para que todo se reordenara. Porque cada Navidad ha estado ahí con ella, da igual el país, el clima o el disfraz. Cada tradición y cada novedad han pasado por el mismo lugar: los dos, aprendiendo el mundo a la vez.
Basta una mirada para entendernos, porque siempre nos hemos visto enteros. Compartir la vida nos ha hecho confiar el uno en el otro hasta el punto de que nuestras almas, culturalmente solitarias, han acabado ocupando un mismo espacio. Ella sabe quién soy sin pedirme pruebas. Sabe de qué hablo cuando mezclo lugares: las frutas de aquí y de allí; el pariente que en un sitio se considera “normal” y en otro es un escándalo; la frase que en un contexto es cariño y en otro es mala educación. Compartimos vida y creencias, recuerdos y heridas, y también una forma rara de estar en el mundo: solos, pero solos juntos.
Ayer creí que estaba solo. Y cuando la oscuridad de no ser entendido por nadie estaba a punto de congelarme, el calor de estar acompañado por una sola alma, una, y me basta, me hizo llorar incluso más: de alegría, de descanso, de tranquilidad.
No estoy solo. Y, encima, tengo buena compañía. Muy buena.
Disclaimer: Sé que esta sensación le pasa a muchísima gente, no solo a los multimigrantes como yo: cada familia es un planeta, y lo que une de verdad son las experiencias compartidas. Pero en una época de mi vida en la que me siento extranjero de todos lados y miembro de ningún grupo, darme cuenta de que mi hermana pertenece al mismo sitio que yo, aunque ninguno sepamos señalarlo en un mapa, me hace profundamente feliz.