1. El Encierro

Son las diez de la mañana. El estudio ha vuelto a mover las perillas e interruptores que suele acabar por mover en la delicada maquinaria de mi cabeza y las paredes empiezan a cerrarse a mi alrededor. Las voces de mi familia golpean mis tímpanos como arietes y mi propio pecho comienza a enviar señales de que pronto colapsará, como si me bajaran a pulso un par de kilómetros bajo un denso fluido.

No puedo escapar del estudio. Soy un auténtico Dédalo, constructor y prisionero del laberinto en el que me encuentro encerrado. Así que sigo afilando mi única espada contra el minotauro que es la carrera, el estudio, pero quiero hacerlo fuera de casa, donde no hay paredes que se estrechen ni voces que me empujen, y ojalá tampoco esta opresión constante que me aturulla.

Laberinto abstracto en blanco y negro
Constructor y prisionero.

2. El Escape

Cojo el móvil: ahí está todo. En papel sería una montaña. Tengo el mate en la mano, antorcha en estos oscuros momentos, ayudando a mantener iluminadas todas estas sensaciones con su amargo, su pichiró, su cafeína y, sobre todo, su ritual. Me pongo las botas de monte: hoy, como tantos días vitorianos, ha llovido sin pausa, lo suficiente para que cualquier camino sea una promesa de pies mojados y fríos, lo último que necesito. Me pongo una chompa y una chaqueta, pues pone que fuera hace 4 grados y el calor del mate y el movimiento no serán suficientes.

Salgo y empiezo a andar y el estudio, aunque retenga el foco de mi atención, frente al ritual de colocar un pie delante del otro deja de ser quien controla mi cabeza; deja de tener las perillas de mi máquina de sentir. Poder ver el cielo y andar con libertad prácticamente en cualquier dirección (aunque elija el camino por comodidad) elimina las paredes que se cerraban sobre mí. Las voces se ven reemplazadas por el trinar de las aves, el tambor fino de las gotas en el paraguas cuando su cadencia me obliga a abrirlo y, de vez en cuando, el -¡Aupa!- entre automático y entusiasta con mis compañeros paseantes. Finalmente, el frío, el muy leve dolor de pies y la vista del cielo, aunque encapotado como es costumbre por estas tierras, empiezan a drenar el oscuro océano que ejercía presión sobre mi pecho. No desaparece: afloja.

Icono de Anki (tarjetas de memoria)
Cuota de conceptos alcanzada.

Llego a mi cuota de conceptos a memorizar del día y aún me queda paseo. Desde el mismo móvil -llevo un tiempo ya con el libro electrónico roto- abro el libro que estoy leyendo estos días y me “sumerjo” a trompicones: leer andando siempre deja una parte en la superficie. Me encanta el estado de trance en el que entra mi mente en estas ocasiones.

3. El Encuentro con el Musgo

Tras un rato, por una parte del camino especialmente vegetal, mi sentido de la belleza me obliga a mirar arriba y guardo el libro/móvil en el bolsillo. Txopos y álamos; robles y encinos; y otras moles boscosas se alzan a los lados del camino, cada una con su manera particular de torcer las ramas, hipnótica. Cada árbol es en sí mismo un sistema de yemas, líquenes y musgos creciendo entrelazados, con verdes, azules y grises de todos los tonos en las bases de las ramas, en los nudos y en las grietas de la corteza; la apariencia de columnas elegantes, tapizadas de terciopelo verde-azulado, como si el bosque se hubiera vestido para una película cliché de zombis.

Bosque denso y verde con mucho musgo
Moles boscosas vestidas de terciopelo.

No hay mucha gente. Y si la hubiera, hoy la vergüenza no viene: esto me sale solo. Sin cuidado salgo ligeramente del camino para acercarme a un castaño de Indias, o al menos eso intuyo por las ramas sin hojas que cubrían mi cabeza, pues el tronco era un tapiz continuo de musgos de todas las formas, texturas y tonos de verde que mis ojos tanto disfrutan y mi alma tanto agradece. Paso mis siempre temblorosas manos por el musgo: siento los filoides acariciando mi palma, y cómo, al apretar, cede y me devuelve la presión con ternura, junto a varias gotas acumuladas en estos días empapados de esta ciudad empapada. Me tienta hacer la hippiada de abrazar el árbol, pero sé que, si lo hago, solo lograré arrancar un par de parches del tronco y acabar empapado, así que lo dejo estar.

"Antes de irme, pego la cara al tronco, mucho más de lo socialmente aceptable, y aspiro fuerte."

Una bocanada. Ese aroma terroso, clorofílico y húmedo que en mi cabeza identifica al musgo. Y entonces me asaltan recuerdos de tantos paseos en estas tierras del norte: dedos agarrotados por el frío, pies mojados, el sonido de las gotas contra las hojas. Ahí recuerdo que sí, me siento encerrado por mis decisiones; mi situación vital, escogida libremente, por fortuna o por desgracia, me tiene cansado, agotado incluso. Pero también recuerdo lo otro: este aroma me mueve. Me permite seguir eligiendo transitar el laberinto y perseguir la gloria que busco derrotando al minotauro.

Muy a menudo me siento perdido al enterrarme en el sistema rígido de la universidad -rúbricas, plazos, exámenes, casillas-, pero hoy no pienso preocuparme más. No tendré el hilo de Ariadna para salir del laberinto. Tengo el olor a musgo, y espero que con eso me baste para encontrar la salida.

Nota: Tengo muchos más "hilos": la gente que quiero, algunos amaneceres, meditar... Simplemente hoy andaba especialmente Teseico y Musgoso.